Tecnología

Cuánto dura una impresora

La impresora que menos se usa es la que menos dura. Suena raro y es exactamente así: en las de tinta, la enemiga no es la impresión, es la inactividad.

Actualizado en agosto de 2026 · datos con fuentes

Foto: Trongphu · CC BY-SA 3.0 · Wikimedia Commons

Hay una regla que parece absurda y que resume la vida de una impresora doméstica: la que menos se usa es la que menos dura. No es una boutade. En una impresora de inyección de tinta, el enemigo no es el desgaste de imprimir, es la inactividad, porque la tinta se seca dentro de conductos tan finos que un tapón ya no se deshace.

Dos tecnologías, dos formas de morir

Antes de hablar de años hay que separar dos aparatos que solo se parecen en el nombre.

Una impresora de inyección de tinta lanza gotas microscópicas de tinta líquida a través de un cabezal con cientos de orificios diminutos. Es una tecnología excelente para color y para foto, silenciosa y barata de comprar. Su punto débil es evidente en cuanto se enuncia así: hay un líquido que se evapora circulando por conductos muy pequeños.

Una impresora láser no usa líquido. Usa tóner, que es un polvo, y lo fija al papel con calor. No hay nada que se pueda secar. En cambio tiene piezas que se calientan mucho —el fusor— y consumibles más caros.

De esa diferencia salen todas las demás. Una láser doméstica puede pasar tres meses apagada y arrancar como si nada. Una de tinta, en las mismas condiciones, tiene un riesgo real de haberse quedado inservible.

El cabezal seco: la avería que se lleva la mayoría

Merece un apartado propio porque es, con mucha diferencia, la causa número uno de que una impresora doméstica acabe en la basura funcionando por lo demás perfectamente.

La secuencia es siempre igual:

  1. Pasan semanas sin imprimir. La impresora está apagada y el cabezal, aparcado.
  2. La tinta de los conductos pierde agua y se va espesando.
  3. Al imprimir, faltan líneas o falta un color entero. Los primeros síntomas son rayas horizontales blancas.
  4. La impresora lanza ciclos de limpieza automáticos, que bombean tinta para desatascar y consumen mucha.
  5. Si el tapón es reciente, se resuelve. Si está endurecido, no, y cada intento gasta más tinta.

Hay una diferencia de diseño que decide el desenlace: en algunos modelos el cabezal va integrado en el cartucho, así que cambiar el cartucho cambia el cabezal y el problema desaparece; en otros el cabezal es una pieza fija de la máquina, y ahí un atasco duro puede significar el final del aparato, porque sustituirlo cuesta casi lo que uno nuevo. Saber cuál de los dos tipos se tiene en casa es más útil que cualquier consejo de mantenimiento.

Cartuchos de tinta de una impresora de inyección, negro y color
En algunos modelos el cabezal va integrado en el cartucho, así que cambiarlo resuelve un atasco; en otros el cabezal es fijo y ahí está el riesgo. Foto: eFilm · CC BY-SA 4.0 · Wikimedia Commons

Qué se desgasta de verdad

Más allá de la tinta, una impresora tiene un puñado de piezas mecánicas que envejecen con el uso:

  • Los rodillos de arrastre. Son de goma y se pulen con el paso del papel. Cuando pierden agarre, la impresora deja de coger hojas o coge varias a la vez. Es la avería mecánica más común y muchas veces se resuelve limpiándolos.
  • El carro y su correa. Se ensucian con polvo de papel y con restos de tinta, y el movimiento pierde precisión.
  • Las almohadillas de tinta residual. Recogen la tinta de los ciclos de limpieza y tienen un contador asociado; cuando el aparato estima que están llenas, avisa y en algunos modelos bloquea la impresión para no gotear.
  • El fusor, en las láser: la pieza que calienta el papel para fijar el tóner. Es un consumible de vida larga y su sustitución es una operación prevista.
  • El tambor, también en las láser, con su propia vida útil independiente del tóner.
  • La electrónica y la conexión. Rara vez fallan, y cuando fallan casi nunca compensa arreglarlas en un modelo doméstico.

Es una lista tranquilizadora comparada con el problema del cabezal: casi todo lo mecánico se limpia o se cambia. Lo que mata impresoras es la química de la tinta parada.

Las señales de que le queda poco

Seis síntomas que separan el mantenimiento pendiente del final del aparato:

  • Faltan líneas horizontales aunque los cartuchos estén llenos y tras varias limpiezas.
  • Falta un color entero de forma persistente.
  • No coge papel o coge varias hojas a la vez, con los rodillos ya limpios.
  • Atascos de papel continuos en el mismo punto del recorrido.
  • Ruidos mecánicos nuevos, chasquidos o el carro golpeando en un extremo.
  • Manchas de tinta en el papel o en la bandeja, que suelen indicar almohadillas saturadas o una fuga.

Los cuatro primeros tienen solución en muchos casos. Los dos últimos, en un aparato con años y de gama de entrada, suelen marcar el momento de plantearse el cambio.

Panel de control de una impresora mostrando el estado del trabajo en su pantalla
El panel avisa de los ciclos de limpieza y de las almohadillas de tinta residual: dos consumos que pasan desapercibidos. Foto: Federal Bureau of Investigation · Dominio público · Wikimedia Commons

Cómo hacer que dure: siete costumbres

Casi todo el mantenimiento de una impresora doméstica cabe en esta lista, y la primera línea vale más que las otras seis juntas:

  1. Imprimir algo cada una o dos semanas. Una página con las cuatro tintas. Es el único mantenimiento que de verdad evita la avería mortal.
  2. Apagarla con su botón, nunca cortándole la corriente. Al apagarse bien, el cabezal se aparca sellado.
  3. No dejar cartuchos a medias fuera del aparato: se secan en horas.
  4. Usar papel en buen estado y guardarlo plano y seco. El papel ondulado por humedad es la causa de la mitad de los atascos.
  5. Limpiar los rodillos con un paño ligeramente húmedo cuando empiece a fallar el arrastre.
  6. Quitar el polvo del interior y de la bandeja de vez en cuando; el polvo de papel se acumula más de lo que parece.
  7. Retirar el papel atascado tirando en el sentido de la marcha, despacio y sin arrancarlo, para no dejar restos ni dañar los rodillos.

A eso se puede añadir una decisión de compra que evita disgustos: si en casa se imprime muy poco y de forma esporádica, una láser monocroma sencilla suele dar mucho menos problema que una de tinta, precisamente porque no hay nada que pueda secarse entre un uso y el siguiente.

Tinta, tóner y depósito recargable

El coste de uso no es exactamente durabilidad, y en la práctica influye en cuándo se decide sustituir un aparato que aún funciona. Tres modelos de consumible:

  • Cartuchos de tinta. Compra inicial barata y coste por página alto. En impresión esporádica, buena parte de la tinta se gasta en ciclos de limpieza.
  • Depósitos recargables. Compra inicial más alta y coste por página mucho más bajo, con botellas de tinta. Interesan cuando se imprime con regularidad, y siguen siendo tecnología de inyección: el cabezal se puede secar igual.
  • Tóner láser. Consumible caro por unidad y con muchas páginas por recambio; no caduca por estar guardado.

La conclusión práctica es sencilla: el patrón de uso decide la tecnología. Mucho volumen y poco color, láser o depósito recargable. Poco volumen y fotografías, tinta, asumiendo que hay que imprimir algo con cierta regularidad para que siga viva.

Los ciclos de limpieza: el consumo invisible

Hay un gasto en las impresoras de tinta que casi nadie contabiliza y que explica por qué un juego de cartuchos se agota imprimiendo muy poco. Cada vez que la impresora se enciende después de un tiempo parada, y cada vez que detecta que un color no sale bien, ejecuta un ciclo de limpieza: bombea tinta a través del cabezal para arrastrar el tapón y la deposita en unas esponjas internas.

Es un mecanismo necesario y bien diseñado, y tiene dos efectos secundarios:

  • Consume tinta sin imprimir nada. En un patrón de uso esporádico, una parte importante del cartucho se va en limpiezas.
  • Llena las almohadillas. Esa tinta va a un depósito interno con capacidad limitada y con un contador asociado.

La lectura práctica es contraintuitiva y muy útil: imprimir con regularidad sale más barato que imprimir poco. Quien imprime unas páginas cada semana aprovecha casi toda la tinta del cartucho; quien imprime una vez cada dos meses gasta una parte considerable en desatascar lo que se ha secado entre una vez y la siguiente.

Y de aquí sale también la mejor razón para elegir tecnología según el uso real de la casa: en impresión muy esporádica, una láser monocroma no tiene ciclos de limpieza que gastar, porque no hay nada líquido que pueda secarse.

El papel: causa de la mitad de los problemas

Los atascos y los fallos de arrastre se atribuyen al aparato y muchas veces son del papel. Tres factores lo explican:

  1. La humedad. El papel es higroscópico: absorbe humedad del ambiente y se ondula. Un paquete abierto y olvidado en un armario húmedo entra torcido en la impresora y se atasca.
  2. El gramaje. Cada impresora tiene un rango de gramaje admitido. Un papel demasiado fino se arruga en el recorrido; uno demasiado gordo fuerza los rodillos.
  3. La bandeja mal ajustada. Las guías laterales deben tocar el papel sin apretarlo. Holgadas, el papel entra torcido; apretadas, el arrastre patina.

A eso se añade un gesto que evita bastantes atascos y cuesta dos segundos: airear el taco de papel antes de meterlo en la bandeja, separando las hojas con el pulgar. La electricidad estática pega las hojas entre sí y es la causa de que la impresora coja dos a la vez.

Y cuando ya hay un atasco, la forma de resolverlo decide si habrá otro. El papel se retira en el sentido de la marcha, despacio y de una pieza. Tirar hacia atrás o arrancar el papel deja trozos dentro y puede desalinear los rodillos, y a partir de ahí los atascos se vuelven crónicos.

Conexión, controladores y soporte del fabricante

Una impresora moderna es también un dispositivo de red, y eso añade una forma de quedarse obsoleta que no existía antes. Tres situaciones habituales:

  • El controlador deja de actualizarse. Un cambio de sistema operativo en el ordenador puede dejar sin soporte a una impresora que funciona perfectamente.
  • La aplicación móvil se abandona. En los modelos que dependen de una aplicación para configurarse, el fin del soporte limita funciones.
  • El wifi del aparato se queda anticuado y da problemas de conexión con una red doméstica nueva.

Ninguno de los tres es una avería, y los tres pueden decidir la sustitución de un aparato sano. Merece la pena tenerlo en cuenta al comprar: una impresora que además funciona por cable USB conserva siempre una vía de uso, aunque su parte de red envejezca.

En resumen

Una impresora láser doméstica es un aparato longevo con piezas de desgaste previsibles. Una impresora de tinta puede durar lo mismo o morir en seis meses, y la variable que decide no es la marca ni el precio: es cada cuánto se enciende.

Si hubiera que quedarse con una sola frase: imprime una página cada dos semanas y apágala siempre con su botón. Esas dos costumbres previenen la avería que manda a la basura a la mayoría de las impresoras de casa, y no cuestan nada.

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