Un radiador es un recipiente de metal con agua caliente dentro. No tiene motor, ni electrónica, ni nada que se mueva. Por lógica debería durar eternamente, y en buena medida es así. Lo que falla no es el radiador: es el agua que le pasa por dentro.
El radiador y sus accesorios son cosas distintas
Antes de hablar de duración conviene separar el conjunto, porque la gente dice «se me ha estropeado el radiador» cuando casi siempre se ha estropeado una pieza de veinte céntimos.
El cuerpo. Los elementos o paneles por los que circula el agua. Es la parte cara y la más longeva. Según el material tiene comportamientos distintos, y lo vemos abajo.
La llave de entrada. Donde se regula el paso. Puede ser manual o llevar una cabeza termostática. Es una pieza mecánica y sí se desgasta.
El detentor. La llave de salida, que sirve para equilibrar el caudal entre radiadores. Se agarrota con facilidad porque se toca poquísimo.
El purgador. El tornillito de la parte alta por donde sale el aire. Es la pieza más pequeña y la que más da guerra: se agarrota, se redondea la muesca o gotea después de purgar.
Los tapones y juntas. En radiadores por elementos, cada unión tiene su junta. Son las que acaban rezumando.
De esa lista, todo menos el cuerpo es sustituible sin tocar el radiador. Y es donde ocurre la inmensa mayoría de los problemas.

Cómo envejece según el material
Hierro fundido. Los radiadores clásicos por elementos. Son los más longevos con diferencia: la pared es gruesa, tienen mucha masa y aguantan la corrosión mucho mejor que cualquier otro por pura cantidad de material. Su inconveniente es que tardan en calentar y en enfriar, y que pesan una barbaridad. No es raro verlos en servicio en edificios de mucha antigüedad. Su punto débil son las juntas entre elementos, que con el tiempo pueden rezumar.
Acero. Los paneles planos habituales en obra moderna. Calientan rápido porque tienen poca inercia y son baratos. A cambio, la pared es fina, y ahí la corrosión interna sí puede llegar a perforar. Es el material que más depende de que el agua del circuito esté bien tratada.
Aluminio. Ligeros, de respuesta muy rápida y buen rendimiento. Su particularidad es que no conviene mezclarlos con hierro en el mismo circuito sin usar los aditivos adecuados, porque el contacto entre metales distintos a través del agua favorece la corrosión galvánica. Con un inhibidor apropiado el problema se controla.
En los tres casos, el mensaje es el mismo: lo que decide si el cuerpo llega entero no es el material, sino si el circuito está limpio y cerrado.
Frío abajo o frío arriba: dos problemas opuestos
Esta es la confusión más extendida de toda la calefacción doméstica, y distinguirla resuelve la mitad de las consultas.
Frío arriba y caliente abajo: hay aire. El aire es más ligero que el agua y sube. Se acumula en la parte alta del radiador y desplaza al agua caliente. Se resuelve purgando: se abre el purgador con el circuito parado, sale un silbido, y se cierra en cuanto empieza a salir agua.
Caliente arriba y frío abajo: hay lodos. Las partículas sólidas son más pesadas que el agua y sedimentan. Se acumulan en el fondo y bloquean la circulación en la parte baja. Purgar aquí no sirve de nada, porque no hay aire que sacar. Hace falta un lavado.
Hay un tercer caso que conviene tener presente: un radiador frío entero mientras los demás calientan. Eso no suele ser ni aire ni lodo, sino una llave cerrada, un detentor agarrotado o una cabeza termostática bloqueada. Es el caso más fácil de resolver y el que más veces se diagnostica mal.

Los lodos: por qué aparecen y por qué vuelven
Un circuito de calefacción es un sistema cerrado: en teoría la misma agua da vueltas durante años. En la práctica ocurren dos cosas.
La primera es que entra oxígeno. Puede entrar por una fuga pequeña que obliga a reponer agua, por un vaso de expansión con la presión mal ajustada, o a través de ciertos materiales de tubería si no llevan barrera anti-difusión. Ese oxígeno, en contacto con el hierro de radiadores y tuberías, produce óxido.
La segunda es que ese óxido se desprende y viaja. Mientras el agua circula deprisa, el lodo va en suspensión. Cuando llega a una zona de baja velocidad —el fondo de un radiador— se posa y se queda.
Las consecuencias van más allá del radiador frío:
- La caldera trabaja más para dar el mismo calor, y consume más.
- El intercambiador de la caldera se ensucia y pierde rendimiento.
- La bomba circuladora se fuerza y puede llegar a bloquearse.
- El metal, bajo la capa de lodo, se corroe más rápido.
El detalle importante: cada vez que se rellena el circuito con agua de red se aporta oxígeno y sales nuevas. Un circuito que hay que rellenar cada poco tiempo no es un circuito con poca presión: es un circuito con una fuga que además se está autodestruyendo despacio.
Qué se puede hacer y qué conviene dejar al instalador
Purgar. Es la operación doméstica por excelencia. Se hace con la calefacción apagada y fría, empezando por los radiadores de la planta baja y subiendo. Después de purgar hay que comprobar la presión del circuito en el manómetro de la caldera, porque habrá bajado.
Comprobar la presión. El manómetro de la caldera indica el rango correcto. Mirar ese valor una vez al mes durante la temporada es la mejor forma de detectar una fuga pequeña antes de que haga daño.
Desbloquear una cabeza termostática. Cuando un radiador no calienta y el resto sí, muchas veces el vástago que hay bajo la cabeza se ha quedado clavado por no moverse en todo el verano. Se quita la cabeza y se empuja el vástago con suavidad; si vuelve solo, está resuelto. Dejar las cabezas abiertas al final de temporada evita que ocurra.
Limpiar el exterior. El polvo entre aletas reduce la transmisión de calor. En radiadores de paneles con aletas conviene aspirar entre ellas al menos una vez por temporada.
Y lo que no conviene hacer uno mismo: el lavado químico del circuito, la instalación de un filtro magnético, el ajuste del vaso de expansión y el equilibrado hidráulico. No porque sean misteriosos, sino porque implican vaciar, manipular presiones y usar productos que hay que dosificar bien.
Cómo hacer que el circuito, y con él los radiadores, dure
Estas son las medidas que de verdad cambian la vida útil, ordenadas por lo que aportan.
Encontrar y cerrar las fugas. Es la primera y la más importante. Sin reposiciones de agua no hay aporte continuo de oxígeno, y sin oxígeno el lodo casi no se genera.
Filtro magnético. Se instala en el retorno a la caldera y captura las partículas de hierro antes de que sedimenten. Es una de las mejoras con mejor relación entre coste y beneficio en una instalación con historial de lodos.
Inhibidor de corrosión. Un aditivo que se añade al agua del circuito y frena la reacción. Especialmente recomendable cuando hay materiales mezclados.
Purgar al inicio de temporada, no cada semana. Si hace falta más, hay algo que investigar.
Equilibrar la instalación. Cuando los radiadores lejanos calientan mal y los cercanos a la caldera arden, el problema es de reparto de caudal. Ajustar los detentores reparte el agua y evita que unos radiadores trabajen de más mientras otros se quedan casi parados, que es donde el lodo se deposita.
La conclusión
Un radiador es una de las pocas cosas de la casa que puede sobrevivir a varias reformas. Si el circuito está cerrado, sin entrada de oxígeno y con el agua tratada, el cuerpo no tiene motivo para fallar y los accesorios son sustituciones menores.
La pregunta útil, por tanto, no es cuánto dura un radiador, sino en qué estado está el agua que tiene dentro. Un radiador frío por abajo no está pidiendo que lo cambien: está avisando de que la instalación entera lleva tiempo ensuciándose, y eso se lo está cobrando también a la caldera.
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